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Introducción a la clínica psicoanalítica de las adicciones - Comunidad Russell - Contenidos - servicios y educacion a distancia - cursos psicoanalisis
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Introducción a la clínica psicoanalítica de las adicciones
Carlos Alberto Títolo

Las adicciones a diversas drogas, se han incrementado en nuestra sociedad con una aceleración casi imposible de medir.

El psicoanálisis tiene mucho que decir y hacer desde la teoría y la práctica. Estamos en condiciones de ayudar a entender lo que pasa con las personas adictas al alcohol y otras drogas y para poder ayudar, tenemos que entender la articulación entre teoría y clínica y fundamentalmente el trabajo psicoanalítico.

En el transcurso de la conferencia incluiré ejemplos clínicos y desarrollaré conceptos metapsicológicos.

Comenzaré con un ejemplo que plantea cuestiones estratégicas y tácticas en la práctica.

Al paciente lo llamaremos Rubén.

Rubén se encontraba internado en una institución para adictos, donde yo hacia una investigación sobre el tema. Presentaba sintomatología de distinto calibre: tenía VIH, tomaba cocaína, marihuana y bebidas alcohólicas. Vivía solo en una habitación que a veces compartía con otros.

En el pasado vivió de la generosidad ajena, en una casa prestada y nunca pudo tener algo propio. Los trabajos le duraban poco tiempo. Su deseo de perderlo todo era incontrolable, expresión de su desenfreno pulsional.

Comenta que la madre lo había abandonado a poco de nacer y se crió en un orfanato. No sabe quien es su padre y ya de grande encuentra a su madre, con quien hasta el día de hoy discute violentamente, reclamándole haberlo abandonado.

Cuando lo entrevisté por primera vez, Rubén tenía 30 años, era soltero y se mantenía robando "chucherías".

El contagio con VIH se vincula con relaciones promiscuas, homo y heterosexuales.

Cuando mantenía relaciones homosexuales, muchas veces terminaba golpeado, robado y con deseos de suicidarse. Pensaba en la posibilidad de terminar muerto en alguna ocasión, (porque alguien podría matarlo en una especie de desenfreno motriz, porque al salir a la calle se tiraría debajo de un camión o porque sería atropellado cuando viajaba con su bicicleta). Como se puede notar, el desenfreno no solo era dentro de la habitación sino también en el exterior, (camioneros, etc.)

Suele ocurrir que los adictos tengan estos pensamientos suicidas con la fantasía que una vez muertos vuelven a nacer y ese nuevo nacimiento, está marcado por el amor que no existe en su actual vida, la muerte no es desaparición sino renacer. En la fantasía del nuevo nacimiento la madre lo investiría con ternura deseando que sea vital desde su vitalidad.

Recordemos a A. Green quién habla de la madre muerta, aquella que en un momento de su vida invistió al bebé y posteriormente lo desinvistió por encontrarse en duelo.

Sin embargo a partir de mi experiencia clínica y tal como planteé en una publicación sobre anorexia, con pacientes tóxicos no había habido investidura alguna, es decir, presentaban vacíos psíquicos, agujeros, donde la pulsión de muerte se encontraba a sus anchas.

El estado físico y psíquico de Rubén era de franco deterioro y las situaciones de violencia eran muy frecuentes, ya que la droga se incluía en las relaciones sexuales.

Es cierto que las relaciones sexuales en situación promiscua son siempre violentas (en forma manifiesta o muda)

La droga intensifica la violencia, porque está al servicio del desenfreno pulsional e impide consumar el acto, que no es una meta de los adictos. La meta suele ser la indiferenciación y la indiferenciación ayuda a la violencia, que a veces llega al asesinato.

Muchos pacientes adictos al verse arrasados por una corriente psicótica, se vuelcan a la promiscuidad como una suerte de defensa ante la locura.

En la primera entrevista Rubén me comenta que siente un vacío muy grande y que si no toma cerveza, droga o"lo que sea", ese vacío lo invade de una manera insoportable.

Me dice que se siente muerto y solo cuando escucha el latir del corazón de su perro sobre su pecho se siente vivo. Que no tiene voluntad de nada, que no tiene fuerzas y no sabe de donde sacarlas. Rubén piensa que no sirve de nada hablar. Me comenta que siente pánico y que la droga o el alcohol lo tranquilizan pero "después es peor".

¿Cómo escuchar este discurso?

Importa mucho desde donde escucho porque como terapeuta tengo un proyecto y pienso como escuchar, como intervenir y que le solicito a mi paciente.

Por ejemplo:

  • Si lo escucho desde la neurosis, escucho con atención libremente flotante y pido asociación libre ya que el mecanismo por excelencia en las neurosis es la represión, y uno de los proyectos es hacer conciente lo inconsciente, lo que implica sobreinvestir la representación cosa por la representación palabra.
  • Si el paciente viene en estado de pánico y con una violencia desenfrenada no le puedo pedir que asocie libremente, no es razonable, porque posiblemente la defensa predominante sea la desmentida o desestimación.

Cuando el paciente dice que se siente muerto, debo escuchar que está muerto, no es metáfora, es un discurso que expresa una erogeneidad sumamente regresiva y de un yo muy primitivo. En este momento no hay constitución simbólica alguna, en todo caso, la subjetividad a constituirse, que es la de la conciencia originaria, esta fallida y el afecto, como cualidad en el inconsciente, encuentra dificultades para su inscripción.

El yo del cual hablamos es el yo real primitivo, que diferencia interno de externo, es decir, mundo pulsional de mundo exterior.

El mecanismo de fuga de la percepción le permite diferenciarlos.

Del mundo de los estímulos pulsionales no se puede fugar, entonces fracasa. Es sobre los estímulos exteriores donde el mecanismo tiene éxito. En consecuencia, los estímulos exteriores se reconocen como indiferentes y posteriormente con la constitución de la zona erógena éstos van a ser investidos.

El lenguaje popular es muy sabio: "este hombre está muerto en vida".

Cuando el paciente dice que se siente vivo escuchando el corazón de su perro, la vida la constituye esa frecuencia, ese ritmo.

Solo está vivo si el latir del corazón de su perro le recuerda lo pulsátil de su corazón, pero el recuerdo no es mnémico, es corporal. Es literal, no hay vida en él más que por la frecuencia cardiaca de su perro, lo que permite que él se diga –"mi corazón late, estoy vivo", solo por esa escucha.

Recordemos que al comienzo, del estimulo sensorial se capta su ritmo y no su rasgo distintivo, diferencial (visual, auditivo, kinético). En estas condiciones el vínculo del yo real primitivo del niño con sus asistentes está mediatizado por el afecto.

En los adictos hay una estructuración precaria del yo real primitivo, es decir, hay fallas en ese vínculo mediatizado por el afecto.

F. Doltó plantea la importancia del acunamiento. La autora descubre con su talento clínico, que el acunar con un ritmo no mecánico sino expresando un vínculo empático, permite procesar el duelo del ritmo del corazón materno, escuchado por el bebé en su vida intrauterina. Importa agregar aquí que este procesamiento faltó en Rubén y los pacientes tóxicos.

Freud en "Inhibición, Síntoma y Angustia" manifiesta como la madre tiene que constituir por otros medios una matriz pos-natal o continuar por otros medios la relación intrauterina, es decir, la incondicionalidad materna solo se recupera por medio de la empatía, la cual expresa que madre e hijo son uno pero diferentes, ya que "algo" se perdió.

La empatía materna incluye la pérdida que significó el nacimiento de un hijo y para que alguien nazca, una madre debe sentir una pérdida.

Aquí podemos incluir y después lo desarrollaremos, el concepto de "no nacido".

Cuando los pacientes adictos plantean en su discurso "estoy muerto", en realidad son "no nacidos"

El nacimiento de un bebé va acompañado de la inscripción del afecto, o mejor dicho el matiz afectivo, mediatizado por la empatía materna.

Winnicott decía, que hay pacientes que solo podrán curarse si hablan de que estuvieron muertos en su vida.

Rubén en su discurso plantea sentirse muerto y sentir un vacío insoportable. Obviamente van juntos. Este discurso, como dije anteriormente, responde a momentos muy regresivos del aparato psíquico, donde reina el yo real primitivo y la constitución de la conciencia originaria con el contenido del afecto como cualidad.

Freud se detiene aquí para hablar de una primera constitución subjetiva, no hay palabra hay cualidad afectiva y conciencia. La conciencia incluye el matiz afectivo como aquello que habla de lo vital del bebé.

En el terreno donde se desarrolla la cuestión, no podemos escuchar un discurso que tenga su base en identificaciones primarias como sustrato simbólico, debemos escuchar a un sujeto no constituido que es el sujeto que siente.

Los adictos nos hablan continuamente de su dificultad de sentir dolor, tristeza, hasta se enojan de tener que hablar, porque expresarse ya es doloroso.

En esta primera aproximación me limité a nombrar algunas de las cuestiones que plantea la estructura adictiva. Ahora me detendré en ejemplos clínicos, para desarrollar los siguientes temas:

  • Matiz afectivo y defensa patógena.
  • Yo real primitivo y pulsión de muerte.

En una jornada sobre adicciones en que había terminado de exponer mi trabajo, un colega que compartía la mesa, me dijo que en 5 minutos los adictos disfrutaban lo que yo en un mes.

Respondí que confundía consumir la vida con disfrutarla.

Los adictos consumen la vida, no la disfrutan y si se piensa que drogarse es disfrutar y no matar un tiempo al que el aburrimiento convierte en insoportable, la estrategia clínica es errónea y perjudicial.

El aburrimiento es un tipo de tristeza que predomina en los pacientes tóxicos.

Dicen vivir en la vorágine, acelerados, no soportan esperar, hablan de su impaciencia, de su estado de aburrimiento, no encuentran placer en la vida, etc. La vida tiene mucho para ofrecerles, ellos sienten no tener nada para ofrecerle a la vida.

Consumir la vida es solidario del predominio de la pulsión de muerte que procura agotar la energía psíquica, aquella que es inherente a que la pulsión se constituya como exigencia de trabajo para lo psíquico.

La pulsión en su presentificación es la que goza. El predominio de la pulsión de muerte es solidario de que la pulsión se vuelva tóxica y la constitución de la conciencia originaria, conciencia de la vitalidad de los procesos pulsionales, queda abolida en su sentir.

Hay abolición del matiz afectivo, testimonio de la relación empática madre-hijo.

En la medida que la pulsión se vuelve tóxica porque se abolió el matiz afectivo, el sujeto no constituido deja lugar a un tipo de masoquismo, o mejor dicho, sadomasoquismo intrasomático.

Consumir la vida es correlativo a la abolición del sentir, testimonio de estar vivo, del sentimiento de sí, identificación que reúne a diferentes matices afectivos. Pero estar vivo no fue vivenciado.

Winnicott plantea que el tratamiento de estos pacientes es permitir que puedan hablar de una experiencia indecible.

La abolición de la conciencia originaria no permitió que se constituyera en vivencia el haber estado muerto, mas bien diríamos, no hubo vivencia de haber estado vivo.

Freud en su desarrollo teórico plantea la estratificación lógica del aparato psíquico y en ella detalla con cuidado, como la pulsión de vida imbrica a la pulsión de muerte y a la vez se defiende de ella constituyendo una reserva de energía.

En un primer momento de la estratificación del aparato psíquico, el sistema busca descargarse de toda la energía y volver a lo inorgánico, es decir, a cero absoluto, primacía absoluta de la pulsión de muerte.

La pulsión de muerte tiene como meta la descarga según el principio de inercia, y el principio de inercia corresponde a un proceso de descarga del sistema nervioso al cero absoluto.

La imbricación por la pulsión de vida y la constitución de una reserva de energía, produce una sobreinvestidura del principio de inercia por el principio de constancia, es decir, descarga a cero relativo y predominio de las pulsiones de autoconservación.

Toda sobreinvestidura implica una inhibición del sistema anterior, en consecuencia, el cero absoluto se traduce en cero relativo.

Otro proceso de sobreinvestidura corresponde al principio de placer, que introduce un nuevo tipo de medida, es decir, la cualidad de la cantidad, el ritmo y corresponde a las pulsiones sexuales, exigencia de trabajo para lo psíquico.

Nos tenemos que preguntar varias cosas con respecto a estas patologías:

  • ¿Qué masoquismo está en juego?
  • ¿Qué tipo de aburrimiento plantean?
  • ¿Qué están diciendo cuando plantean vivir en la vorágine, acelerados, etc.?

Es importante destacar que este discurso está montado sobre la pulsión de muerte, sobre el cuerpo del adicto.

La vorágine está comandada por la pulsión y el yo no se opone a ella, todo lo contrario, utiliza defensas primordiales que están al servicio de la consumación pulsional, es el goce de ella en su camino hacía la muerte.

La droga como una especie de seudo objeto, plantea un proceso incorporativo que es interesante discriminar de la introyección.

Freud relacionó estas actividades, pero también las diferenció.

La incorporación corresponde a un proceso pulsional, a una sensualidad orgánica.

La introyección corresponde al plano psíquico.

La incorporación, la ingesta, interfiere un proceso psíquico.

Recuerdo una supervisión de un paciente adicto a la cocaína, con varias internaciones por sobredosis.

El paciente se sentía morir durante la internación y le dice a su madre, que se estaba muriendo.

Ella estaba fumando, no dejó de fumar y dijo "no te creo".

El paciente se desplomó cayendo al piso y una enfermera corrió en su auxilio.

La madre sin dejar de fumar, miró la escena sin inmutarse.

El paciente murió por sobredosis en una posterior internación.

En un trabajo publicado sobre el suicidio dije que pacientes con predominio de patología tóxica encontraban la muerte, o mejor dicho, buscaban la muerte como una forma de inscribirse en la mente de la madre.

El costo es muy alto, es la propia vida, pero prefieren morir pensando que la madre los inscribe, a sentir un dolor insoportable por no estar incluidos en la mente materna.

El no sentirse vivos es correlativo de suponer al asistente materno despojado de vida.

No están inscriptos en la mente materna porque ella no siente.

El "no te creo" es expresión de la falta de empatía, no se puede creer que alguien está muriéndose, si nunca estuvo vivo para esa madre, siempre estuvo muerto como ella.

Se puede entender por qué la incorporación sustituye a la introyección.

La introyección necesita de la empatía materna, la incorporación nos habla de la ausencia de vida entre madre-hijo, permanece el mecanismo de la alteración interna, endógeno, sadomasoquismo intra somático, interfiriendo cualquier procesamiento psíquico.

El vacío psíquico es correlativo de la frase materna "no te creo".

Para creer en lo que se ve y en lo que se dice, es necesario que haya habido empatía, vínculo mediatizado por el afecto. Desde ese lugar se cree lo que dice sentir un hijo.

En mi paso por una institución en la que atendía pacientes adictos con antecedentes delictivos, se planteaba la dificultad de levantarse a la mañana.

Los pacientes estaban internados y se producía mucha violencia cuando alguien los tenía que despertar.

Les interpreté que se ponían furiosos por tener que despertar a la vida y lo que querían era seguir durmiendo. Estuvieron de acuerdo y preguntaron: "¿para que despertarse?".

Les dije que los enojaba encontrarse con la vitalidad que significaba el despertarse.

Los enoja sentirse vivos y a la vez piden a gritos que haya alguien que los escuche con empatía.

Cuando los despertaban a la mañana se producía mucha violencia, se enfurecían y golpeaban a quién osaba despertarlos, nadie quería ese trabajo.

Les interpreté esa furia: "despertarse, significaba encontrarse con la vida y tener que conectarse con el mundo, percibirlo, comunicarse".

Les dije que "preferían mantenerse dormidos y que eso se parecía mucho a vivir encerrados en un mundo doloroso, suponiendo que nadie quería escuchar ese dolor".

Suponen que no hay nadie dispuesto a escuchar, que han desestimado su dolor y si no hay sujeto que pueda escuchar el sufrimiento, quiere decir que ese otro (la madre) está tan muerto como ellos.

Les hice saber con palabras y actos que yo estaba vivo, dispuesto a escuchar el dolor y el enojo.

Al interpretarles la furia que les generaba el despertar, disminuyó la violencia.

Me encontraba vivo porque pude ver en sus actos y escuchar en su silencio, la furia y el dolor (cuando digo silencio me refiero a la condición de mudez, los dolores o los vacíos se trocaron por el sopor, apatía, letargo).

Hasta ese momento, la violencia no tenía para ellos el significado que yo le di, era violencia en descarga pura. Posteriormente, la rebaja de la violencia confirmó mi interpretación y ésta fue reconocida.

"El dolor en su mudez". Recuerden que Freud anudó la mudez a la muerte, es correlativo de la violencia explícita o muda.

En la estrategia clínica, es decisivo que el adicto pueda hablar del dolor que no estuvo a su alcance sentir.

La dificultad de sentir (no hay sujeto para que pueda sentirlo) interfiere en la demanda de análisis.

Quiero aclarar que el hecho que no haya demanda no impide la posibilidad de tratamiento, muchas veces he comenzado con la familia sin el paciente adicto. El paciente se incluye en la medida que la familia mantiene las sesiones (es una de las estrategias, hay otras)

No debe insistirse en que hable del dolor. El analista debe tener presente que no está ante un neurótico y que el adicto plantea cuestiones que tienen residencia en momentos primordiales de la constitución del aparato psíquico.

Es importante diferenciar esta estructura porque el paciente no asocia libremente, sino que su discurso está al servicio de la descarga, de desembarazarse de los conflictos. El discurso no es expresión de procesos simbólicos, no está sustentado por identificaciones primarias.

Recordemos que al dolor le falta la cualificación anímica, por lo tanto nos tenemos que preguntar que hizo que no se desarrolle o que desaparezca el matiz afectivo, es decir, nos preguntamos por la defensa patógena.

El dolor surge como estado abúlico, estado sin matiz afectivo, proceso económico inherente al dolor, sopor letárgico, dolor inconciente, sufrimiento sin sujeto y sin que haya sujeto en el mundo que pueda sentir ese dolor.

En todo caso, lo que existe en el mundo, es un ser dispuesto a borrar del mapa al sujeto sufriente.

El sujeto dispuesto a borrarlo es un personaje envidioso de la vitalidad del sujeto y de su propia vitalidad.

Este dolor sin cualificación anímica es solidario de un vínculo con un asistente que desestimó al paciente, que lo borra de su memoria. Es así que el paciente adicto desestima el afecto, aquello que testimonia su propia vitalidad, aquel contenido de conciencia que expresaba el vínculo empáatico, tierno. En consecuencia, se deja morir como una forma de sentir que el mundo lo abandonó a su propia suerte, es decir, al desamparo mas profundo.

Esta defensa opuesta al sentir, es representante de la pulsión de muerte contra Eros.

Esta defensa no permite un duelo patológico (aquí recordemos a A. Green, quién nos habla de la madre muerta, nos dice que ésta se encuentra en un duelo patológico y desde ese lugar desinviste al sujeto).

El dolor no es sentido como tristeza, como dolor psíquico, está íntimamente ligado a un interlocutor en estado de duelo patológico en retracción psicótica. Es importante que el paciente diferencie su duelo, del duelo del interlocutor, su dolor, del dolor del asistente en retracción.

Hemos recorrido distintos conceptos articulados con la clínica: desenfreno pulsional, vacío psíquico, matiz afectivo, precariedad empática. Todos estos conceptos están íntimamente relacionados y cada uno de ellos requeriría varias conferencias para su desarrollo, no obstante, el ejemplificar con casos clínicos permite identificarlos con claridad.

Un punto muy importante que sí requiere de explicitaciones es el discurso en las adicciones.

¿Por qué es importante?

Nosotros los analistas trabajamos con la palabra, sonido que tiene todo un recorrido en la estructuración del aparato psíquico, desde el grito primordial a la palabra como metáfora, es decir, aquella que sobreinvistió a la representación cosa, la tradujo en su representación ligada a lo inconsciente y a una meta directa en su satisfacción.

Recuerdo un paciente adicto al juego que tenía la fantasía de ser llamado "el hombre del millón" (con ese título publiqué el trabajo hace unos años).

La consulta la hizo su mujer por el temor de perderlo todo y sin saber como ponerle límite a su marido.

Habían perdido el auto y el sueldo nunca llegaba a la casa, se perdía en el camino, era imposible de parar el deseo de jugar o más bien, el deseo de arruinarse y dejar a su mujer y a sus hijos familia en ruinas.

No voy a detenerme en el caso ni tampoco en la adicción al juego, que tiene ribetes interesantes y diferentes (no necesariamente en su estructura adictiva) de las adicciones a las drogas.

Lo que me interesa es detenerme en como quería ser nombrado este hombre: "el hombre del millón".

En lugar de llamarse, digamos, Juan Pérez, sustituía el nombre por un número, es decir, una identificación con un poder económico.

Lo que descubrimos en el tratamiento fue un profundo desamparo.

Su madre y su padre no solo querían abortarlo, sino que una vez nacido su nombre lo eligió el médico.

En una sesión el paciente me comenta que su deseo más fuerte era ganar un millón de dólares. Así podría hacer de todo (viajar, comprarse una casa).

Le interpreté que pudiendo viajar, posiblemente se quedaría encerrado en la habitación de un hotel y que la casa la había tenido y la perdió. Posiblemente el destino del millón de dólares también fuera a perderlo o abortarlo,

Ante este planteo, la esposa recordó que en un viaje de vacaciones perdió todo el dinero en un casino y no salieron del hotel en toda las vacaciones, tampoco quería salir a comer.

El dinero en los adictos al juego no tiene el valor simbólico que le permitiría invertirlo, ni siquiera es un objeto, solo es cantidad para ser descargada, perdida en un goce absoluto de la pulsión de muerte.

Me interesa destacar como pensamos el discurso en estos pacientes, en alguien identificado con un número. Recuerden que Tustin habla de la actividad auto hipnótica en relación con hacer cuentas.

Hay tres tipos de discurso en la estructura adictiva: discurso especulador, inconsistente y catártico.

  • Discurso especulador: este tipo de discurso plantea una actividad calculadora, pone en evidencia el encuentro con otro sin empatía, adhesividad sin la función de la conciencia originaria que contiene en sí los matices afectivos y las impresiones sensoriales, es decir, mantiene un apego desconectado. Los adictos dicen "estamos pegoteados".

Lacan en relación con pacientes psicosomáticos planteó la cuestión de los números, y dijo que estos números no corresponden al orden del percipiens, sino del perceptum.

No hay actividad simbólica eficaz en la producción de la manifestación orgánica (a diferencia de la histeria).

Lo que se percibe es en términos de frecuencias, no de diferenciación cualitativa de los estímulos sensoriales.

Importa destacar que el paciente busca reducir cualquier estímulo cualitativo a pura cantidad.

Los números suelen en su conteo oponerse a las pesadillas, aquellas que permiten que el aparato psíquico pueda procesar, en tanto y en cuanto son expresiones de la riqueza del psiquismo.

Este tipo de discurso va acompañado del deseo de descargarse, es también un discurso catártico que se opone a la constitución de un vínculo empático, es decir, de un vínculo que le permita escuchar y retener para poder ser pensado.

Una de las frases comunes en estos pacientes y que ejemplifica con claridad lo que estoy diciendo es: "me entra por un oído y me sale por el otro", nada sedimenta desde este lugar.

No estamos ante el discurso de un neurótico, que sufre, que vino porque está angustiado (angustia señal), es decir de un yo para otro yo.

En el neurótico hay lapsus, sueños, en cambio lo mejor que puede pasar en los adictos, es que haya pesadillas.

En un primer momento las interpretaciones van a ser rechazadas, ya que lo que dice no lo reconoce como propio, como expresión de su propia vida.

  • El discurso inconsistente tiene denominadores comunes con los otros tipos de discurso, todos permiten inferir que carecen de un respaldo identificatorio desde el inconsciente.

Como dije anteriormente, carece de identificaciones primarias que son el respaldo del discurso simbólico. Tustin lo define como insincero, es decir, sin cera. Recuerden que algunos escultores utilizaban cera para ocultar defectos de su obra. Con el tiempo la cera desocultaba el error, el agujero.

El discurso inconsistente tiene un carácter ficticio, no representa a nadie, y el analista corre un riesgo altísimo si no percibe la diferencia entre un discurso representativo y uno ficticio.

Querría por último decir algo sobre las metas clínicas.

Supongamos que la meta consiste en levantar represiones, nos encontramos con dos posiciones, el analista en atención flotante y el paciente en asociación libre.

Pensemos en otro tipo de defensa que no sea la represión, como en este caso de las patologías tóxicas, donde predomina la desestimación del afecto y también la desmentida.

Aquí cambia la meta clínica y las posiciones de analista y paciente.

En estos casos, como el de mi paciente adicto al juego, lo que pretendía era el cambio, la trasmutación de cantidad en cualidad, es decir, de la conciencia originaria donde el contenido son los matices afectivos, testimonio de la vitalidad del sujeto y las impresiones sensoriales. Estas solo son tenidas en cuenta en la medida que el afecto se anude a ellas, solo así son significativas. Era importante que mi paciente se sintiera vivo, sintiendo su tristeza, su dolor y solo posteriormente podía recibir significativamente las impresiones sensoriales.

Es importante sacarlo de la pasividad, de la somnolencia, que despierte, que escuche sin gritar, que el analista deje de dormirse por contagio de su paciente, y que sepa que la escucha tiene como base la formación teórica, clínica y su análisis personal.

 

Bibliografía General

  • Dolto,F, (1984) Limage inconciente du corps.
  • Freud: (1895) Sobre la justificaciónde separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de neurosis de angustia.
  • Freud: (1900) La interpretación de los sueños.
  • Freud: Freud: (1905) Tres ensayos de teoría sexual.
  • Freud: (1905) Lo inconciente.
  • Freud: (1914) Introdución del narcisismo.
  • Freud: (1915) Pulsiones y destinos de pulsión.
  • Freud: (1915) La represión.
  • Freud: (1915) Lo inconciente.
  • Green A.: Le discours vivant.
  • Green A.: Narcisismo de vida, narcisismo de muerte.
  • Lacan, J.: (1958) La dirección de la curay los principios de su poder.
  • Lacan, J.: (1964) Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
  • Maldavsky D.: (1986) Estructuras narcisistas.
  • Maldavsky D.:(1992) Teoría y clínica de los procesos tóxicos.
 
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