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Textos de acceso libre
Un breve texto sobre las sesiones breves
Mg. Sergio Zabalza *

"Hasta cierto punto se concluye siempre demasiado pronto. Pero ese demasiado pronto es la evitación de un demasiado tarde."[1].
Jacques Lacan.

Se suele criticar el empleo de las sesiones cortas con el argumento de que, si de lo que se trata es de no regirse por standards, poco importa si una sesión dura mucho o poco. Esta objeción pareciera olvidar los límites que la experiencia del discurso impone. En efecto, sabido es que, si la sesión se extiende más de lo debido –es decir, cuando el tiempo subjetivo se somete al tiempo cronológico-, la potencia de una intervención se diluye tras las justificaciones, arborizaciones y derivas con que un sujeto se relame en el dolor. Así, una sesión larga puede ser tan dañina como una sesión corta.

Se trata de que el arte del practicante haga trabajar el reloj al servicio del tiempo subjetivo. Para ello está la función de la prisa que Lacan transmite en su escrito sobre los tres tiempos lógicos y que comenta en varios pasajes de su enseñanza: instante de ver; tiempo de comprender y momento de concluir. Desde esta perspectiva, hablar de sesiones cortas consiste en escuchar urgidos por El Momento de concluir, más allá de lo que el reloj disponga. Quizás se trata de poner en juego la misma sorpresa o azoro presente en el chiste aunque el final no siempre conduzca a la risa.

Un ejemplo: Pierre Rey, a quien no le fue nada mal en su análisis, cuenta que acostumbraba a apresurarse para decir todo antes de que Lacan cortara la sesión, hasta que "Un día, después de haber vaciado todo el buche, tuve la sensación de que iba a levantarse; pero no lo hizo. Sentado frente a su escritorio, seguía, como si hubiese olvidado mi presencia, trazando ideogramas en un bloc de papel. (…)Al otro lado de la puerta yo sabía que los pacientes se acumulaban. O sea, que era imposible que me impusiese durante demasiado tiempo esa tortura nueva de mi propio silencio. Diez minutos después seguía garrapateando. (…)

- ¿Si? [ dice Lacan][2]
- Nada- dije con agresividad.

Transcurrió otro cuarto de hora sin que ninguno de los dos pronunciase ni una sola palabra.

- ¿Si?-
- Nada-

Ese "nada" me impedía advertir la insoportable angustia que, por su intensidad, hubiera tenido que darme la medida de las cosas que estaba reprimiendo. (…) Una hora después salía de su despacho. Destrozado"[3].

Lejos de regodearse en el goce del dolor o la queja, el ejemplo muestra la manera en que la función de la prisa pone el tiempo de la duración al servicio del tiempo subjetivo.

Y bien, aunque esto no sea todo, dejamos acá.

 

Notas

Psicoanalista.

  1. Jacques Lacan, "Conferencia en Ginebra", en Intervenciones y Textos II, Buenos Aires, Manantial, 1988, p. 141.
  2. Los corchetes son míos.
  3. Pierre Rey, "Una temporada con Lacan", Barcelona, Seix Barral, 1990, p. 75.

 


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