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Textos de acceso libre
Ni Don Juan ni Casanova: Sandro
(Confesiones de una psicoanalista)
Silvia Fendrik

Eran los inicios de los 70... Yo no sabía en aquel entonces que formaba parte de un gran colectivo, que siempre iba repleto de cientos de mujeres o lo sabía, pero no me importaba. En mi colectivo, o sea mi grupo de pertenencia, en el que viajaban los licenciados en ciencias sociales –psicólogos, sociólogos, filósofos, antropólogos, alguno que otro doctor en economía, medicina o derecho- Sandro era sinónimo de mal gusto, de mersada, es decir, de vulgaridad. En pocas palabras: intelectual, artística y políticamente incorrecto. Curiosamente, “palito” -o sea Palito Ortega- era su antítesis, una marca de pertenencia o de referencia, como decían los sociólogos, a lo “popular” –y nacional- que los intelectuales de entonces festejaban –o toleraban- con gusto. Pero Sandro... ¡Puaj! A mí en cambio me encantaba, me conmovía, me seducía, me hacía palpitar. Así...

“Así (...) como se aleja un velero hacia altamar”,[1] yo andaba a la deriva escuchando sus canciones como secretos de alcoba. Con la sola excepción de la tan maravillosa rosa, que me parecía demasiado no sé qué, las demás canciones me llegaban a algún lugar misterioso. Ni qué decir de “... y París se arrodilla ante ti”.[2] Recién recibida de psicóloga, recién casada, -con un sociólogo- que además era un excelente intérprete de folk y de canciones de Palito- comprometida con los ideales políticos de los 70 y con el psicoanálisis lacaniano, escribí mi primer artículo -un artículo sobre la femineidad, que fue publicado por la revista Imago en el año 1976. París no se arrodilló ante mí pero el artículo, gracias a la difusión de la revista en muchos países de habla hispana, se hizo “popular” como pude comprobarlo en el 80 cuando asistí en Caracas al único encuentro entre los “lacanoamericanos” y el mismísimo Lacan.

París llegaría más tarde, mientras mi adoración por Sandro seguía firme, formando parte de mi vida conyugal. Una especie de estigma que nunca se volvió moneda gastada –“a ella le gusta” o “ella-ama-a-Sandro-qué-le-vamos-a-hacer”- hizo de mi marido (sin saberlo) un integrante de otro colectivo -marido tolerante o complaciente o complacido- como lo eran y lo serían los novios, los maridos y los amantes de “las mujeres-nenas de Sandro”. “Si no puedes vencerlo, unéte a él”... y así fue que terminó regalándome las “obras completas” de mi ídolo en forma de una colección de compacts que aún conservo.

Sandro seguía siendo ignorado –o despreciado- en mi colectivo, mientras Palito, ya convertido en jefe de familia tradicional, seguía acumulando puntos en su carrera hacia futuro gobernador. En contraste con la de Palito, de la vida privada de Sandro nada se sabía, mientras su fama seguía creciendo entre las amas de casa y las “señoras de ruleros”. Pero a mí seguía sin importarme esa suerte de traición a los gustos de mis conocidos y amigos. Sandro convivía en mí con los Beatles, a quienes admiraba pero no amaba, o sea, no llegaban directamente a mi corazón ni me producían ese “suspirar... así...”.

Esto no sólo es una confesión autobiográfica... -psicoanalista al fin- se me ocurrió la idea de escribir esta nota, evocando ese primer artículo que ahora me gustaría titular: La femineidad, verdad y consecuencia, en lugar del muy académico del original: La sexualidad femenina en el discurso analítico: ¿Universalidad o histeria?”, bastante difícil de descifrar. Entonces, La femineidad: verdad y consecuencia, no sólo, aunque también, porque me permite rendirle homenaje a Sandro –a mi Sandro- como diría cualquier “fan” con o sin los ruleros de antaño.

Como no soy socióloga ni experta en comunicación social, no es mi propósito esbozar un análisis de Sandro-de-América como fenómeno de masas femeninas “histéricas”. Menos aún considerarlo como un arquetipo junguiano de lo masculino. Ni tampoco proponer un análisis aplicado a la figura de Sandro en jerga lacaniana. La femineidad, verdad “y” consecuencia, me evoca más bien las ruedas de amigos cuando jugábamos a decir la verdad... o atenernos a las consecuencias, que en la ficción del juego casi nunca pasaban de ser “inocentes prendas”. La verdad en psicoanálisis nos plantea, en cambio, otro tipo de dilemas. Cuando uno huye de “su verdad” la consecuencia son los síntomas o una vida que se vuelve una “prenda” de las convenciones sociales y sexuales; una vida, como solía decirse en un antiguo lenguaje psicoanalítico, prisionera del “como si”, o sea, de la impostura. Pero la verdad no es algo que esté ahí, ante nuestros ojos y de la que podemos escaparnos fácilmente cuando (no) nos conviene sino un largo y doloroso proceso de elaboración de los hechos y fantasmas que nos acosan y nos duelen, que un “Sandro” podrá aliviar momentáneamente, pero no resolver. Y cuando se la admite (“y” consecuencia) el riesgo es quedar marginado o excluido, por ejemplo, ¿estaré diciendo algo “lacanianamente” correcto?

Volviendo a Sandro. ¿Qué verdad puede jugarse para el colectivo femenino que lo ama con pasión incondicional? Ninguna, porque en rigor no se trata de un colectivo. Ni mimesis, ni imitación, ni contagio, ni histeria, cuando se trata de pasión. De pasión “intratable”, como solía decir Jacques Hassoun al referirse a lo “inexplicable” de ciertos amores. Y Lacan por su parte confirmará que todas las mujeres no son iguales, todas no dicen lo mismo, todas no sienten lo mismo. Dicho como lo dijo Lacan, las mujeres son no-todas. Y ahora sí, me permito recurrir a una “clave” psicoanalítica que también he tomado de Lacan, no en el sentido de un lenguaje críptico o un misterioso signo a descifrar sino de clave como modo de acceso a algo crucial, imprescindible, en materia de amor y de sexo. 

Sandro en clave lacaniana, propongo, era un hombre que amaba a las mujeres o creía y les hacía creer que las amaba, (para el caso esta distinción no tiene real importancia) “una por una”. El secreto de las fantasías que cada una podía hacerse -creyendo ser la única- no era compartido, porque es imposible compartir el secreto del inconsciente que teje este entramado único entre amante y amado. Una + una + una, en una serie que bien podría ser infinita, ya que siempre puede sumarse “una más” impidiendo que esa suma se homologue a una masa o a un conjunto cerrado.
No era Sandro un Don Juan que hacía colección: “mil é tré” como lo describe admirativamente su criado Leporello en la ópera de Mozart.[3] Don Juan las colecciona(ba) para “liquidarlas” mejor. Las mujeres de Don Juan son mujeres en liquidación, que sólo quieren vengarse por haber sido traicionadas con otra/s.

No era Sandro un Casanova, que a diferencia de Don Juan, las enamora y las deja suspirando, sabiendo que disfrutaron de una experiencia inolvidable, y nada más. (Y nada menos).

Sandro era un hombre que amaba a las mujeres y confiaba en los efectos de reciprocidad de ese amor, un erotismo “sin relación sexual” que producía canciones, poesías, cartas, misivas y letras de amor. Los famosos aforismos que Lacan propuso: “No hay relación sexual, “LA” mujer no existe, para decir -entre otras muchas cosas- que no hay complemento perfecto entre hombres y mujeres, circulan en circuitos diversos –no sólo entre psicoanalistas-, pero Sandro los puso en acto avant la lettre. ¿Cuáles eran las fantasías o los fantasmas del hombre Sandro? No lo sabemos y poco importa, no se trata de analizarlo ni de entenderlo. Pero, sin duda era alguien que supo que cada mujer es única, ya que no hace “masa”, ya que la tal masividad sólo sirve a los fines del espectáculo y de la efímera fama.

Y volviendo a mí: Cuando mi primer libro Ficción de los orígenes,[4] fue publicado en francés me divertía en secreto recordando la canción: “y París se arrodilla ante ti...”. La verdad que hoy “quiero confesar”, para despedirme de Sandro, es que su letra me brindó el libreto secreto para no sentirme una “sudaca”[5] agradecida y reverente en Francia, ni una psicoanalista presumida en Argentina por haber sido traducida al francés.

 

Notas

  1. Sandro-Anderle: Así.
  2. Sandro-Anderle: París ante ti.
  3. Wolfgang Amadeus Mozart: Don Giovanni, opera en dos actos, estrenada en Praga en 1787. Libreto de Lorenzo Da Ponte.
  4. Silvia Fendrik: Fiction des origins de la psychanalyse avec des enfants, Editions Denöel, París, 1989.
  5. “sudaca” es un adjetivo despectivo de uso coloquial, que significa: suramericano.
 
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