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Incorregir
Héctor Mauas

"… No sólo nadie existente debe ni puede constituir en ella
(la sociedad moderna que pertenece al régimen de lo ilimitado)
límite o excepción, sino que, desde ahora, la función de sociedad
incluye entre sus variables posibles al ente que sea,
humano o no humano, animado o inanimado.
No existe nada ni nadie respecto del cual la función cese de producir sentido.
No existe nada ni nadie que produzca suspensión de la sociedad."
Jean-Claude Milner.[1]

Insisitir, persistir

En el concepto de "corrección/incorrección política" trabajan, por un lado, la tentación sacerdotal -que Nietzsche desocultó como ganzúa y escalpelo al que aspira toda época- y, por otro, el "universal fácil" con el que Jean-Claude Milner[2] ubica la sinonimia pauliniana entre lo universal y lo cualquiera. Concepto siempre listo -no hay bolsillo del que no asome- y la rapidez con la que se lo usa le es esencial para sortear la ignorancia que lo sostiene.

Nada es eterno, pero lo "políticamente correcto" lo es menos. Su tiempo es el Presente y su ambición es ser objeto de permanente actualidad, de establecerse allí donde abunde lo que es caída y sustitución –la vida misma-.

Cada estética de la corrección crea sus propios monstruos y cada uno con su curador. Pero nadie sin el suyo. Todos somos iguales ante lo correccional. La igualdad inmediata que se tiene prometida queda desmentida casi tan rápidamente como se la hizo aparecer. A cada momento exige, por ello mismo, montar cruzadas de conversión y reconversión educativa.

Nada escapa de la operación de corregir y ser corregido. Todo es mejorable en esta comarca de la tolerancia ilimitada. Y ya no hay reos condenados a morir, a condición de que se esté perpetuamente bajo el régimen de libertad vigilada. Va de suyo que, insistentemente, ningún manjar epocal apetece tanto como convertir a los incorregibles, hoy que ya no es posible levantar a los ángeles caídos.

Lo incorrecto cede y, además, no ofrece resistencia. A tal punto, que, en general, ya no se sabe qué piensa el otro.

La docilidad no es corrección, aunque lo correccional necesite de cierta docilidad. Lo incorregible no es lo incorrecto; no es susceptible de corrección. Lo incorregible es lo que no se deja asimilar a lo ya existente. Lo incorregible persiste, incluso y sobre todo a su propio pesar.

 

Clasificar

En el terreno del pensamiento, la "incorrección política" es segregada a las categorías del desecho según lo impongan las modas, variando desde la colección de excentricidades, hasta la travesura (y otros estabilizantes y conservadores psicobiográficos). No sin una pizca de humor apenas oscuro para evitar el negro, los incorrectos de hoy bien pudieron haber sido los herejes de anteayer y, quién sabe, los de mañana.

Este desencuentro tenaz, no predeterminable, no calculable -pero sin que su contingencia lo haga menos estructural- no es sólo una tensión social ni tampoco sólo un malestar. Es un hecho presente en pensadores autoheréticos que a lo largo de su trayectoria fueron tránsfugas del pensamiento propio y ajeno; lo que en el orden político tendría otra lectura.

 

Exabruptos, niños terribles

La respuesta de Lacan, interrogado acerca de la situación abierta en la República Popular China en tiempos ya posteriores a la Revolución Cultural, fue: "Aguardo. Pero no espero nada."[3]

"La reunión de aquellos que ejercen una misma profesión es un hábito que responde a una necesidad de nuestro tiempo, entiéndase el tiempo del capitalismo, puesto que el acto es capturado en la forma del oficio y que la segregación hace ley".[4]

Los muchos, los que hacen oficio en el número, no están libres de escamotear por esta vía lo incorregible que les atañe, uno por uno.

Dice Borges:[5] "Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística".[6] No es una excentricidad interesante, ni tampoco doctrina. Cosa que no la hace menos párrafo, al que, como tal, le resulta conveniente una lectura menor, amenazada de inexistencia, que señala hacia Spinoza y su pregunta acerca del motivo por el que los hombres pelean por su esclavitud y no por su libertad.

Dice Kafka:[7] "Estas gentes son los dueños del mundo, y sin embargo se equivocan: detrás de ellos avanzan ya los secretarios, los burócratas, los políticos profesionales, todos esos sultanes modernos a los cuales ellos les preparan el acceso al poder." Y agrega: "La humareda se disipa y no queda sino el barro de una nueva burocracia: las cadenas de la humanidad torturada están hechas con papel de ministerio."[8]

 

Decorregir

Kafka, con el enorme poder de su "acrítica" -según Deleuze y Guattari, en Kafka. Por una literatura menor[9]-, con el poder de quien escribe sin esperanza ni desesperación, no corrige. No se encuentra en Kafka ni el menor vestigio de la amargura de la que la pedagogía, hasta ahora, no ha podido deshacerse. Esto sí que sería considerado hoy como pecado de soberbia de lo incorrecto, ¿cómo se atreve alguien a escribir sin rendir la debida pleitesía al discurso político y a sus representantes en la tierra?

En "Deleuze y el análisis político: Spinoza y Kafla",[10] Jaime Plager destaca en Kafka el carácter de espejo habitado por un reloj que adelanta -desde ya lejos de profecías- y sí con afinidad por las pequeñas visiones, semejantes a las que, por otro lado, lateralmente, ficcionalmente, se escuchan en los ruidos que emiten las alimañas escondidas.[11]

Cabe al menos preguntarse si entre los muchos, los acaso ya demasiados que hacen causa de la resistencia al número y a la evaluación, o entre los que sin esfuerzo de la voluntad adhieren a la preservación del recurso del sujeto al sujeto, y no dudan del valor incomputable de lo singular, al fin, ¿se atreven también a tomar estas imborrables pequeñeces de autor sin ceder a la tentación de corregirlos, expurgarlos, separando la excrecencia en el terreno inofensivo de la anécdota excéntrica? ¿Hay quienes, sin considerarse en la obligación de justificarlas, leen estas frases, acreditándolas a pensamiento, es decir, a ser objeto de pública consideración como ya lo fue todo el resto de lo asimilado en la cultura?

 

No hay peor sordo que el que quiere oír

"No es necesario que salgas de tu casa, quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera simplemente. Ni siquiera esperes, quédate totalmente quieto y solo. Entonces el mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti. No puede evitarlo: extasiado, se retorcerá en tu presencia."[12] La hemorragia del querer-ser implica necesariamente la aparición de coagulantes: para normalizarse, para hacerse corregir, para hacerse capturar en la maquinaria del uso del significante con fines de identificación, se hace necesario salir de la casa hacia el "mundanal ruido".

Sin embargo, a quien quiera escucharse del reconocimiento que le es devuelto a través de lo que podrá oír del ruido de lo que funciona, un encuentro con la quietud y la soledad no le es imposible. Y cuando ocurre, puede tornarle lo siniestro en extraño: la vida reducida al sólo escuchar, escuchar separándose de aquello que ruega ser leído.

"Aun la nuez más vacía anhela ser cascada"[13] – el incorrecto "pathos de la distancia" nietzscheano como intento de crear una propia escucha vacía-. La quietud kafkiana es una posición marginal que busca una distancia entre la escucha y el siempre inquieto sentido. Posibilidad de una escucha exilada o, más bien, apátrida, fuera del alcance soberano de los mandamientos de la pertenencia absolutizada.

El "descreo" de Borges y el "nada espero" de Lacan, la reducción kafkiana, no son escepticismo militante, no son una pura negatividad general, sino que fracturan el orden discursivo en su eterno reenviarse a futuro y, al menos, impiden que fragmentos de real se dialecticen sin más. Posibilidad de una vida no-fascista que Foucault exploró. Algunos fragmentos de real parecen indicar que el fascismo no acecha como peligro resultante de revoluciones fallidas, sino como parte de revoluciones triunfantes –la revolución astronómica copernicanamente formulada, de la que hablara Lacan-.

 

Reinscripción en lo universal

Instalar en el sujeto la idea de esperanza -pasión triste de Spinoza- y proponerse como solución que vendrá a restaurar la dignidad de ese lugar que, aguardándola, la espera. La indiferencia revolucionaria no se tolera. Kafka hubiese sido procesado en cualquier régimen.

¿Cómo se atreven Spinoza, Kafka, Borges, Lacan, a no animar un deseo revolucionario? De ese deseo y de sus vicisitudes y de sus producciones, vive la hermandad de los futuros funcionarios, los que vienen detrás de las masas y serán comisarios.

Repetidamente pero nunca de igual modo, ya muchos indicaron que lo ignorado de un autor no está en su obra sino en los efectos posteriores que desencadena y también en los huecos que taladra hacia su propia anterioridad, donde los bordes del afuera de lo pensado han sido afectados. Un pensamiento se reconoce no tanto por lo que trae de nuevo sino por la exterioridad que conquista.

Este espacio tiende a ser invadido, este hueco es lo que el discurso político quiere tomar por asalto y convertirlo en un Saber que, cada vez, está en condiciones de formular lo que debiera estar allí y que exige ser realizado. Esperanza, permanente y renovada, pasión triste, consiste en creer y hacer creer que la quietud de Kafka oculta un sueño incumplido.

Este es el infierno tan temido, la dictadura que prohibe descreer. Ser corregidos es la condena que les cabe a "nada esperar" y a la "quietud", pasiones asociales a las que la ciencia no es ajena, en tanto se les ofrece como remedio. La no resistencia de lo que nada espera, eso no lo tolera ninguno de los saberes hipostasiados, que, según es fama, siempre andan menesterosos de oposición, del no-creer al que dirigirán sus semblantes. A cambio, ¿qué ofrece algo más pequeño, el descreer del que habla Borges, que invita a cada quien a instalar distancias en la intimidad?

 

Qué hay más allá de lo necesario

La frase de Borges, parte por parte: "curioso abuso de la estadística".[14]

La democracia no es del todo ajena a una continuidad del dominio por otras vías, -la del "zarismo partidario" kafkiano, por ejemplo-. El zar no ha muerto, sino que es inconsciente.

La democracia se arroga la integral representación de todo hombre y, como su apoderada y por sí misma, le asegura, por el hecho necesario y suficiente de haber nacido ya hombre, una pertenencia y una dignidad. Todos apoyan a todos, siempre que ese apoyo no sea demasiado serio, por supuesto.

Cuando Borges escribe "curioso abuso", no dice abuso solamente. Abuso, escrito a secas, otorgaría medalla de abusados y atropellados a los que, en nombre de sus apoderados, son licenciatarios exclusivos de la marca "hombre". Tampoco se tolera que Borges diga "curioso abuso" y no busque abusadores en nombre de alguna minoría. El descreimiento no obliga a descreer.

La curiosidad apunta a lo más negado del abuso, al abuso hipócrita de lo que ningún régimen digiere bien: el descreer, que no cuenta demasiado con los poderes y, a veces, comete el pecado de olvidarlos. Régimen celoso, como todos, la democracia no tolera que alguien la excluya un poco de su propia vida. Es, también y como cualquier régimen, secretamente fascista. No soporta quedar afuera, allí donde alguien comete la osadía de inexistir un poco.

El "curioso" borgesiano, máxime sabiendo que Borges no fue amigo del adjetivo, no es inocente. Convoca a la mirada casual y a la momentánea suspensión de la incredulidad y del juicio. Paradojalmente, por un momento apenas, logra que el concepto universal se aleje de la mirada de sus tutores y quede reducido a objeto, a mundo extasiado que se retuerce.

Este descreer que se ejerce soslayando la perspectiva acaso no esté lejos del "entrever" a través del que, según Lacan, algo se desoculta del fantasma.

 

Notas

  1. Jean-Claude Milner: "Las inclinaciones criminales de la Europa democrática", en Las trampas del todo, Editorial Manantial, Buenos Aires, 2007, p.24.
  2. Jean-Claude Milner: El judío de saber, Editorial Manantial, Buenos Aires, 2008.
  3. Jacques Lacan: "La invención de lo real. IX. De lo inconsciente a lo real", en El Seminario, Libro 23, El sinthome (1975-1976), Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 135.
  4. Jacques-Alain Miller: "Teoría de lalengua (rudimentos)", en Matemas I, Editorial Manatial, 1987, p. 59.
  5. Jorge Luis Borges: La moneda de hierro, Emecé Editores, Buenos Aires, 1976.
  6. Jaime Plager: "Deleuze y el análisis político: Spinoza y Kafka", en Tomás Abraham y El Seminario de los Jueves: La máquina Deleuze, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2006, p. 59.
  7. Franz Kafka: América, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1998.
  8. Jaime Plager: "Deleuze y el análisis político: Spinoza y Kafka", en Tomás Abraham y El Seminario de los Jueves: La máquina Deleuze, op. cit., loc. cit.
  9. Gilles Deleuze y Félix Guattari: Kafka. Por una literatura menor, Ediciones Era S.A. de C.V., México, 1978.
  10. Jaime Plager: "Deleuze y el análisis político: Spinoza y Kafka", en Tomás Abraham y El Seminario de los Jueves: La máquina Deleuze, op. cit., p. 61.
  11. Ricardo Piglia: Respiración Artificial, Editorial Anagrama, Barcelona, 2001.
  12. Jaime Plager: "Deleuze y el análisis político: Spinoza y Kafka", en Tomás Abraham y El Seminario de los Jueves: La máquina Deleuze, op. cit., p. 61.
  13. Friedrich Wilhelm Nietzsche: Así hablaba Zaratustra, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1990.
  14. Jorge Luis Borges: La moneda de hierro, op. cit.
 
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