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El deseo en el ser humano, y su respuesta: evolución o retroceso - Comunidad Russell - Contenidos - servicios y educacion a distancia - cursos psicoanalisis
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El deseo en el ser humano, y su respuesta: evolución o retroceso
Olga Rivas

Aclaración inicial

A través de estas líneas expondré una simple reflexión personal a cerca de un concepto muy utilizado –aunque no en exclusiva- por la práctica y teoría psicoanalíticas: el deseo[1], el cual pondré en relación con el saber teológico y científico, a modo de paralelismo que me ayude a expresar si tales perspectivas tienen algún punto en común, o por el contrario están bajo la mayor de las oposiciones.

A menudo se utilizan los textos míticos y obras clásicas para ayudarnos a expresar conceptos actuales, y también porque aquella literatura contenía sin duda una sabiduría digna de atención. También son muy utilizadas las referencias a religiones animismas y orientales, que han captado a su vez un gran elenco de verdades. Sin embargo, desde mi formación específica, me permito utilizar como referencias explicativas los textos bíblicos, que debemos a Israel, sin duda un pueblo controvertido. Porque la Biblia, bebiendo en realidad de todo aquel saber mítico, hace gala sin embargo de un saber más "aterrizado" y humanista, menos fantasioso, quizá también más perfilado y acorde a nuestro tiempo. Aunque para esto, hay que leerla sin ningún concepto previo y a la luz de los hallazgos actuales.

Sólo trataré la literatura bíblica como lo que es objetivamente hablando: una biblioteca, la unión de toda una serie de libros provenientes de miles de autores que tuvieron su experiencia de vida desde aproximadamente el 10.000 a.d.C. hasta el 100 d.d.C. Son textos históricos, los cuales han tolerado –con sorprendentes resultados- la crítica histórica y literaria más despiadadas… Aclaro que la concepción histórica de estos autores no siempre se corresponde con los datos de los historiadores modernos (aunque sí a menudo) porque tan sólo pretendieron contar "su historia y experiencia personales", y no quedar unos datos más o menos matemáticos del tiempo y lugar en que vivieron. No compete a la literatura bíblica dar explicaciones científicas en el sentido de hoy, pero sabemos que no todo el Saber necesita ser confrontado por la ciencia, pues de ahí se derivan reduccionismos de la realidad tan dañinos como los mismos fundamentalismos religiosos. En resumen, estos autores INTERPRETAN los signos de su tiempo y dan su interpretación de la vida. No son historiadores en el sentido actual.

No hay en este artículo, por tanto, interpretación subjetiva alguna, y el más sólido de los ateos, podría escribir lo mismo sin faltar a la verdad. Porque, es tras la mencionada crítica de estos denominados tradicionalmente "textos sagrados", donde la ciencia teológica más libre y avanzada (y por tanto más heterodoxa y silenciada) ha hecho emerger de entre todas esas narraciones su verdadero sentido, ocultado bajo el polvo de una mala y angustiosa "lectura" de la clásica Iglesia institucional[2].

Sabemos que es necesario tener delante de nosotros toda la historia de la humanidad, sus etapas, mentalidades y hallazgos de toda índole (al menos de forma general) para que sea posible un mejor y mayor acercamiento a la verdad, a alguna verdad… Porque si consideramos a cualquier aspecto como "sólo parte", lo convertimos de hecho en una especie de "todo" sobre el cual reflexionar, y es ahí donde se suceden toda una serie de errores.

Me situaré, a modo de analogía, en ese hallazgo científico más o menos aceptado por todos, que es la teoría de la gran explosión o "big-bang", la cual intenta explicar los orígenes de la expansión del universo (¿la infinita división?) en sus etapas más iniciales.

Sin entrar en tecnicismos irrelevantes para este artículo, la teoría del big-bang viene a decir que una gigantesca masa previa (y subrayo lo de "una", en el sentido de que estaba unida) pasó a conformar posteriormente –de forma evolutiva- un recién estrenado espacio universal con sus sistemas agrupados de miles de planetas, estrellas, satélites y demás "porciones", tras una inconmensurable explosión, que fue alejando todas las partes cada vez más, a miles de kilómetros y hacia todas las direcciones.

Puedo conjeturar que cada una de las partículas que fueron expulsadas a tan indecible velocidad, y avocadas hacia el vacío más infinito y desconocido del universo, seguramente tendrían en sí el "recuerdo" de la masa original en que estuvieron una vez. O tal vez llevan impreso una especie de sello de aquella unidad que ella misma fue, dejándola terriblemente inquieta… "dando vueltas".

Sin duda el todo quedó inscrito en la parte, la cual no puede ser sin cierta "pena", precisamente por ese motivo. La parte, aunque autónoma y en aparente plenitud, ha quedado como "en resta", porque su recuerdo no la deja sola; por eso siempre lo sueña…

Del mismo modo, el deseo en el ser humano parece mirar hacia un todo perdido, creyéndolo ver a veces en realidades parciales, como si de un falso oasis se tratara, del cual imaginamos que colmará por completo nuestra sed. Esos elementos parciales de la realidad, pueden llegar a ser absolutizados por cualquiera de nosotros, de lo cual deduzco –de forma subjetiva- la sed de algo absoluto que nos es intrínseca.

Podríamos pensar, sin ser muy atrevidos, que en los niveles más profundos del ser humano, también palpita una especie de big-bang, de carácter espiritual [3].

Todos deseamos, de eso no cabe duda. Unos lo percibimos de forma más consciente, y a otros les pasa más desapercibido, pero el deseo está…. Esa permanente sensación de que siempre hay algo por hacer, algo por pensar, por sentir… bien porque no ha sido, bien porque fue y lo añoramos, dejando que se inmiscuya en el presente, al cual devora, en no pocas ocasiones.

En el budismo, la perfección suprema es "matar el deseo". ¡Qué alejados de este sueño aparecen los hombres de la Biblia![4], incluídos aquéllos considerados santos. La Biblia está llena del tumulto y del conflicto de todas las formas del deseo.

Desde luego, está muy lejos de aprobarlas todas, y aun los deseos más puros deben experimentar una purificación radical, pero así es como adquieren toda su fuerza y dan a la existencia del hombre todo su valor.

Como raíz de todos los deseos del hombre, existe la indigencia esencial y su necesidad fundamental de poseer la vida en la plenitud y desarrollo de su ser. Ese dato de la naturaleza está dentro del orden, y es más: según los autores bíblicos Dios lo consagra:

No te prives del bien del día y no dejes pasar la parte de goce que te toca[5].

 

El lenguaje de la Escritura, confirma esta presencia natural y este valor positivo del deseo.

Muchas comparaciones evocan los deseos más ardientes:

Como desea la cierva herida, las fuentes de las montañas…[6], así te deseo yo…

Pero, como no podía ser de otra manera, esta literatura no deja de mencionar las perversiones que puede tener el deseo, porque, aun siendo algo esencial al hombre, y que no se puede desarraigar, puede ser para él una tentación permanente y peligrosa.

Es la humanidad –dijeron estos autores milenarios- quien está presa del pecado, que es como un deseo selvático pronto a saltar y que hay que mantener a raya con la fuerza[7]

Esta historia del hombre, contada por el pueblo israelí, describe como nadie las funestas consecuencias que pueden tener todos aquellos deseos que el hombre arrastra.[8]

El deseo es un "todavía no" en el tiempo –a menudo ficticio e irreal- que no da descanso; o bien un "ya no" añorado con desesperación, de efectos no menos demoledores.

Es percepción de algo, pues si no, no se explica la clara inquietud que nos produce.

Si el deseo fuera persona tendría dos caras en sentido opuesto[9]: una miraría hacia el futuro, y la otra hacia el pasado, de ahí la tensión frustrante a la que esa "única" persona es sometida. Pero hablo de un pasado o un futuro, no siempre de forma literal o referida al tiempo, sino para aludir a cierta cualidad del ser humano: a lo que fuimos o somos, y a lo que podemos llegar a ser.

No se sabe muy bien el tiempo del deseo: ¿es del pasado, o es del futuro?. La impotencia para descubrir esto puede deberse a que el tiempo –dicen los expertos- es solo una percepción subjetiva de la humanidad, y en realidad no existe. Lo que sí es cierto es que ese deseo afecta por completo a "todos" nuestros presentes.

La persona por tanto, en cuanto que desea, mira la vida de forma dividida. Miramos, pues, de forma contrariada. El ser humano, si lo traducimos a tiempo, es una especie de división tridimensional[10]: porque ni pasado, ni presente, ni futuro la definen por completo, y ninguno de esos ejes la dejan descansar.

El deseo, según lo expuesto, puede movernos hacia delante, pero también puede ser freno, depende de hacia qué sentido la persona dirija la mirada en cada momento.

Dice la ciencia que después de toda una serie de recombinaciones celulares[11], cada vez más complejas y variadas, la vida y los diferentes seres vivos fueron apareciendo y evolucionando. Hasta una piedra está llena de energía, de vida… Todo es vida, todo se aleja de la muerte. El agua, el sol, los árboles….ya eran la vida, antes que apareciera el ser humano, pero eran "la vida", en un estado concreto de evolución y consciencia.

Y se suele percibir, a través de los libros, una especie de descanso en todo ese enorme proceso evolutivo cuando aparece el hombre sobre la tierra, al más genuíno estilo bíblico [12]: pero todo indica, entre otras cosas el deseo, que aún no estamos acabados. No hubo tal descanso.

El big-bang –fuera como fuera, y por el motivo que fuera- empezó y no ha terminado. La simple observación de la realidad nos lo dice con certeza. Esa gran explosión miraba ya hacia las fases últimas, aún por llegar, de nuestra evolución; el alfa miraba hacia la omega, el principio llevaba inscrito el final… o más bien "su finalidad", aún por lograr.[13] No veo razones para imaginar (me sitúo de nuevo al nivel de la opinión personal) un principio y final absolutos de la humanidad, sino más bien para intuir[14] un antes de esta forma de vida[15], y un novedoso final tras la clara progresión lineal y evolutiva que lleva la historia del hombre[16].

Esas primeras células siguen combinándose de mil maneras nuevas cada día, cada época, lentamente, consiguiendo en cada impulso nuevas "cualidades" para el ser humano y la vida en general. Intuyo que esa evolución, en los últimos tiempos, ha dado un viraje sin precedentes: es evolución "consciente".

Mirando la historia de la humanidad, sus fases y mentalidades, como ya he mencionado, es fácil percibir que dichas recombinaciones no afectan sólo a lo físico[17], sino también a lo espiritual y lo mental.

Lo que fuimos en cada momento, lo que somos, sirve para un breve lapso de tiempo; siempre tuvimos una misteriosa instancia inscrita en nuestro ser que nos hizo "ir a más". El ser humano prehistórico no era "igual de persona" que el actual. Pero este proceso continuo es a base de un esfuerzo inenarrable, porque aunque en parte es físico y automático (implícito), se halla inmerso sin embargo en la mencionada tensión a que nuestra voluntad está sometida, por unos genes que aún evocan el pasado, o lo peor, pero en cuyo presente se advierte la necesidad de un nuevo futuro, o de algo mejor.

Esa división tridimensional que es el ser humano, le convierte en un ser confuso, engañado por un pasado que ya no vale, (aunque fue imprescindible) pero con una clara resistencia hacia el futuro, hacia un nuevo despertar, para el cual hay que quitarse continuamente "el traje viejo" al que estamos cómodamente adaptados.

La maravillosa materia que fuimos y que aún somos, parece ser nuestro soporte más primario, el digno trampolín hacia el hombre nuevo, que ya no sólo es materia, sino ser.

Lo vemos en los mitos, pero también en Pablo y su Libro de los Hechos, cuando nos habla de forma lúcida en sus escritos del "ya pero todavía no del Reino"[18] ¿no está hablando de lo mismo, en realidad, aunque saliéndose de la mera materialidad que somos, y teniendo en cuenta todas nuestras dimensiones personales?. Sin datos científicos, sin la perspectiva histórica y evolutiva que nosotros disfrutamos actualmente, él intuyó –tras su experiencia particular- que tenemos "una potencia de más", pero una "debilidad hacia lo menos". Una acomodación a lo pasado, por miedo quizá a lo novedoso, que sin embargo parece ser ineludible, superando nuestra voluntad y comprensión; convirtiéndonos en hombres deseantes… permanentemente insatisfechos.

El todo nos desborda (algunos lo llaman El Otro, la fusión total, Dios, el Nirvana…. ; da igual: es todo, es lo uno… y nos supera, no lo conseguimos) y a la vez lo ansiamos, porque tiene eco en nuestro interior (no sé si porque YA fue real, o porque DEBE LLEGAR a ser).

Y vamos despertando poco a poco a nuevas formas, a mayor lucidez, en un continuo despertar. Y en ese despertar, que no es sin dolor ni sensación de estar en falta, hay una tendencia a devorar algo, a absolutizar algo... El deseo genérico a menudo se concreta –para engañarnos- en unos planes personales excesivamente valorados, o en un objeto o un trabajo, tal vez en alguna persona… No menos veces tenemos la sensación de querer "devorar"[19] a cuantas más personas mejor (en alguno de sus aspectos, y a través de múltiples estrategias personales).

 

Y surge la pregunta ética ¿por qué no? ¿Por qué no puedo devorar al otro, a lo otro, a los otros….?

Es en esa permanente sensación de castración, que dicen los psicoanalistas, donde yo veo la esencia de la evolución consciente y cualitativa, que camina hacia lo mejor.

Cuando surge el conflicto entre seres humanos, es porque el deseo ha avocado a la maldad; al haber totalizado la parte, se ha perdido la perspectiva global de la vida, que sin embargo recordamos o deseamos, y porque se ha perdido el sentido, mirando sólo hacia el pasado… fantaseando lo peor , no en sentido moral alguno, sino por ser freno al progreso, que es ineludible, pese a todas las dificultades.

 

El deseo sano, el que se deja interpelar por el futuro, es a menudo deseo sacrificado, que por diversas razones

–puras opciones en libertad- se aventura a dar el doloroso paso de la desinstalación, tras el cual sin embargo un nuevo horizonte aparece, cada vez más libre y pleno. Ningún ser humano lo ha logrado, pero sí experimentamos multitud de signos parciales que hablan de ese estado superior. El psicoanálisis y todas las teorías modernas, pretenden (y consiguen) liberar al hombre de aquellas leyes impuestas, es decir, aquéllas que han sido interiorizadas sin haber sido sometidas al propio razonamiento individual. Cuando somos pequeños, necesitamos las normas como un primer paso en nuestras relaciones personales, pues no disponemos de capacidad para actuar sin hacernos daño o correr cientos de peligros. Del mismo modo, las leyes y dogmas supuestamente religiosos, han sido el soporte de actuación para una humanidad globalmente niña y adolescente: nos dice Pablo, en su lenguaje peculiar, que La ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo[20]. Pero esa humanidad, ahora comienza a ser joven… y se ha cuestionado todo. Y un "algo" que desconocemos nos empuja hacia destinos cada vez más lúcidos, por eso dice el mismo autor que ahora actuamos no por ley sino por el espíritu…. Es decir: es en libertad, no es por temor o por obediencia ciega, o porque tengamos que comprar el amor de un dios tirano, por lo que buscamos y descubrimos unos valores éticos objetivos. No es por miedo por lo que no nos concedemos todas las peticiones de nuestro deseo… sino porque caminamos con un ímpetu irrefrenable hacia algo totalmente distinto, a una especie de falsa involución de ese "big-bang" a todos los niveles, tras la cual volveremos a lo uno, al amor, a la paz o ausencia de deseo, que o bien fue y se perdió, o bien estaba en potencia desde el origen. Tal vez cuando soportamos la llamada castración, damos el mayor signo de evolución que poseemos, y quizá ese sea el punto de encuentro entre la visión a veces inmanente de las teorías psicológicas o científicas, y la mirada trascendente de la que habla el Saber humano más arcaico.

 

Bibliografía utilizada

  • LAPLANCHE, Jean, PONTALIS, Jean-Bertrand, Diccionario de Psicoanálisis, Barcelona, Labor, 1993.
  • LEÓN-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, Herder, 2001.
  • MARTÍN NIETO, Evaristo (Dir.), La Santa Biblia, 1989, Madrid, Ediciones Paulinas.

 

Notas

  1. Para este término: Jean LAPLANCHE, Jean-Bertrand PONTALIS , Diccionario de Psicoanálisis, 1993,Barcelona, Labor, 96-97.
  2. Lectura que no es la de toda la Iglesia actual. Desde el Concilio Vaticano II (1963-65), la teología católica ha ido abriendo sus brazos a todos estos hallazgos histórico-literarios y a la razón como herramienta imprescindible para vivir y comunicarse en el mundo actual. Es ella la que ha realizado y potenciado una interpretación objetiva y actual de los textos bíblicos. Hago notar, por tanto, que esta mentalidad libre y depurada de gran parte de la Iglesia actual, es desconocida al no ocupar jamás un lugar en los medios de comunicación, donde figuran normalmente ramas más tradicionales.
  3. Léase el término en sentido amplio y sin las connotaciones de división a que puede avocar si consideramos el espíritu como opuesto al cuerpo, penosa división que debemos en sus raíces a Platón, cuyos conceptos infectaron posteriormente de este dañino dualismo a todas las corrientes cristianas, debido a que este fenómeno histórico del cristianismo se desarrolló bajo la cultura Griega, inmersa totalmente en la filosofía platónica.
  4. Cf. para estos párrafos: Xavier LEÓN-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, 200118 , Barcelona, Herder, 224-226.
  5. Sirácida 14, 14.
  6. Sal, 42, 2.
  7. Cf. Gn 4, 7, donde por la concesión a los caprichos del deseo, el mal puede acosarnos sin posibilidad de contenerlo.
  8. Cf. por ejemplo Dt 8, 1-5; Núm 11,4.34; 2 Sa 11, 2 ss, 1 Re 21…
  9. Sabemos que los sentidos opuestos tienen, sin embargo, una misma dirección. De ahí quizá la dificultad de ver quién está mejor o peor situado, pues aparentemente da igual…
  10. Así como es también triple su división existencial en cuerpo, mente y alma, y así como también ha sido captada la realidad "trinitaria" desde diversas concepciones religiosas o trascendentes sobre la vida.
  11. No deja de ser un acto de fe en la ciencia –lícito, por supuesto, como tantos otros actos de fe- creer que toda una serie de células muertas, se recombinaron dando lugar a vida . En mi opinión, en lo referente al origen de la vida, hay lugar razonable para interpretaciones no meramente científicas e inmanentistas.
  12. Gn 2, 2.
  13. Tiempo nuevo donde según Israel el hombre ya no dirá "quiero".
  14. No olvidemos a la intuición como medio de acceso al conocimiento.
  15. Aunque actualmente desechamos los datos sencillos de la vida, pensemos por ejemplo en el estado puro que llega un niño a este mundo, o en toda la naturaleza y su misterio, y en todas las incógnitas que tiene el hombre a cerca de su propia vida… Hay un "porqué" que nos precede… Hay al menos un lugar para la duda y la pregunta.
  16. Otras propuestas existenciales conciben la historia como una sucesión de tiempo no lineal sino circular. Nietzsche, por ejemplo, fue un gran defensor de esta teoría. La historia y las creencias religiosas que defienden esta circularidad, demuestran las consecuencias dañinas de la misma: en el círculo no hay salida para el hombre, el cual se encuentra preso de un tiempo y una historia ante los cuales sólo cabe la aceptación total. Ningún cambio le compete al hombre, que sólo ha de dar el beneplácito a todo lo que sucede, y eso de la forma más radicalmente acrítica. Así por ejemplo, sabemos de ciertas "castas" inferiores en zonas hinduistas, sumidas pasivamente ante su realidad, por haber entendido que cualquier acción para salir de ello les ocasionará grandes males en vidas posteriores. Esta situación es potenciada por las clases altas, cómodamente adaptadas a la "suerte" que les tocó vivir, y a la cual sólo ellas tienen derecho. En la concepción circular del tiempo el hombre acepta su miseria, bloqueando cualquier creatividad y crecimiento humanos. Me identifico totalmente con la propuesta lineal genuinamente cristiana, donde el hombre toma las riendas y el protagonismo de la historia, y entiende que ésta es el producto de todos sus pensamientos y acciones. Aquí el hombre, miseria y muerte, ha sabido sin embargo descubrir sus más profundos manantiales de vida. Por eso el ser humano también llega a gozar y maravillarse de sus grandes logros, impulsado por la esperanza en un tiempo mejor, que no somete al hombre, sino que está al servicio de él.
  17. Uso físico y espiritual para entendernos por los conceptos, sin que simpatice, como ya he dicho, con tal división, sino con una simple diferenciación.
  18. Cf. Libro de los Hechos.
  19. El deseo es pasión : Aquí, en occidente, donde el absurdo y la negligencia están muy bien vistos y casi son obligatorios, llamamos "amor" a cualquier tipo de sentimiento con él relacionado. No cayeron en tal vanalidad los antiguos pueblos orientales, ni tampoco los judíos, que supieron matizar el sentimiento amoroso de manera magistral. Se cuidaron mucho de usar stergo para el amor que se profesan los familiares, los parientes; un sentir gozoso y relativamente fácil, que surge con natural espontaneidad de la sangre común; Filos, o fileo denominaba el amor amistoso, ese de la confianza tranquila, y casi maternal o paternal (de hecho,a veces se mezclaba un poco con la última acepción del término que expondré), se trataba también, por tanto, de un grato sentir, una agradable experiencia. En tercer lugar: Eros, que remitía al amor pasional y posesivo. Ese amor que sienten los amantes, o los que quisieran amarse; que les invita a gozar mutuamente de sus cuerpos, buscando la propia satisfacción. Finalmente hablaban del amor ágape: la perla entre los amores. El ágape quiere la felicidad del otro, de todos; y no precisamente a través de nuestros cánones personales, aunque a veces éstos sean de gran utilidad. Ágape no tiene por qué implicar un sentimiento –no necesariamente, aunque no lo excluye—y sin embargo es el amor por excelencia, el de mayor calidad y consecuencias; aquél de finura superior. No en vano fue utilizado por los autores evangélicos, aunque de esto nadie hable, por lícita ignorancia. No es por tanto un imposible el clásico "amor a los enemigos", recordemos que ágape no necesariamente implica sentimiento por el otro. Es un amor "conveniente", un amor que frena la "lógica" de nuestra venganza o nuestros rencores. Ágape es el amor que rompe –por fin—una posible cadena de males existentes, o que no crea una nueva. Ágape no adultera el equilibrio, mirando los deseos egoístas, por muy justificados que a veces pudieran parecer. Este amor podría unir en la paz a todos los habitantes del planeta, porque lo que le es al individuo, le es a la colectividad. Ágape actúa el bien, por encima de sentimientos y pasiones; también para los animales y la naturaleza, que sustenta nuestra vida. No está lejos, este amor, del sacrificio. Este amor no cae en los períodos de desierto, los anda y sobrevuela, y no excluye a los otros tres –que sin duda habrá que armonizar— sino que los sustenta y revaloriza, ya que stergo, eros y filos , sin ágape, están sujetos a vicisitudes y graves inconvenientes, presos de su contingencia e inestabilidad.
  20. Gal 3, 24 . A partir de Cristo, dirá este autor que ya no somos esclavos, sino Hijos. Entiéndase, en lenguaje actual, que no es la ley la que motiva nuestros buenos actos, sino nuestra consciente libertad hacia lo bueno, alejándonos a su vez del relativismo que hoy impera. Léase toda la Carta a Los Gálatas y la férrea oposición del judaísmo –amante de la ley pura- frente a la libertad que Pablo proclamaba. Libertad olvidada por los seguidores posteriores, que convirtieron un mensaje sin ley, en toda una dogmática "religión" en el sentido actual del término.
 
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